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Aguafuertes Inefables: restos arqueológicos de una nada

de María Aurelia Di Berardino

Aguafuertes inefables reúne los vestigios de una época suspendida, donde el tiempo parecía haberse cancelado a sí mismo. Un libro que nace de la pandemia, pero que la trasciende: un caleidoscopio quieto —un “tomoscopio”— que refracta mundos, retazos, marginalias, poesía, chispazos de humor, intuiciones filosóficas y esa curiosidad incansable que caracteriza a Aurelia.

Como escribe Bibi Anguio en el prólogo:

“Todo el saber combinatorio de este libro es indistinguible de la magia.”

Con la frescura de quien puede pasar de Grecia a la India, de un teorema a una canción pop, Aurelia nos invita a leer el mundo desde sus variaciones, sus sombras y sus continuidades. A habitar la incertidumbre con la misma ternura con que se arman los rompecabezas cuando las piezas se desparraman sobre la mesa.

 

Contratapa:

El funcionamiento de Aurelia me recuerda la libertad, el desprejuicio y la capacidad de articular amablemente distancias de Gregory Bateson, de quien aprendí que a pensar se aprende dejando abiertas todas las posibilidades de relación. Porque como ella dice “es que los libros no tienen idea de qué forma sus páginas colonizan los sentidos en el preciso momento en que caes en la cuenta que ese libro (Pasos hacia una Ecología de la mente, en mi caso) configura a partir de allí, parte de tu horizonte de sentido”.

Algo en estos textos me recuerda a El péndulo de Foucault, la novela de Umberto Eco que me fascinó en su momento por la capacidad de asomarse a modos tan disímiles de pensar, como la Ilustración y el Umbanda, pero Aurelia está bien lejos del enciclopedismo, también está lejos del virtuosismo sabihondo y de la pretensión culturosa: no puede frenar, por suerte, su curiosidad multidireccional –“me dedico a la absorción vertiginosa de todo lo que llega a mis manos”– y se cuida de que esas direcciones no se vean forzadas a una confluencia racionalista: se pregunta “si acaso es preciso insistir en las conexiones, en la coherencia en encadenar el hilo de una trama abierta y renuente a ser trabajada” y nos propone “amigarse con el mundo de variaciones, sombras y continuidades”

Porque, gracias a Dios, “cuando el mundo es híbrido, cuando todo lo que hay a la vista son relaciones múltiples que se resignifican, que mutan, que se retuercen sobre sí mismas o se encadenan sufijamente con otras tantas, entonces todo adiós es el anuncio de un posible encuentro”.

 

Bibi Anguio

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Descripción

Aguafuertes Inefables: restos arqueológicos de una nada

de María Aurelia Di Berardino

Aguafuertes inefables reúne los vestigios de una época suspendida, donde el tiempo parecía haberse cancelado a sí mismo. Un libro que nace de la pandemia, pero que la trasciende: un caleidoscopio quieto —un “tomoscopio”— que refracta mundos, retazos, marginalias, poesía, chispazos de humor, intuiciones filosóficas y esa curiosidad incansable que caracteriza a Aurelia.

Como escribe Bibi Anguio en el prólogo:

“Todo el saber combinatorio de este libro es indistinguible de la magia.”

Con la frescura de quien puede pasar de Grecia a la India, de un teorema a una canción pop, Aurelia nos invita a leer el mundo desde sus variaciones, sus sombras y sus continuidades. A habitar la incertidumbre con la misma ternura con que se arman los rompecabezas cuando las piezas se desparraman sobre la mesa.

 

Contratapa:

El funcionamiento de Aurelia me recuerda la libertad, el desprejuicio y la capacidad de articular amablemente distancias de Gregory Bateson, de quien aprendí que a pensar se aprende dejando abiertas todas las posibilidades de relación. Porque como ella dice “es que los libros no tienen idea de qué forma sus páginas colonizan los sentidos en el preciso momento en que caes en la cuenta que ese libro (Pasos hacia una Ecología de la mente, en mi caso) configura a partir de allí, parte de tu horizonte de sentido”.

Algo en estos textos me recuerda a El péndulo de Foucault, la novela de Umberto Eco que me fascinó en su momento por la capacidad de asomarse a modos tan disímiles de pensar, como la Ilustración y el Umbanda, pero Aurelia está bien lejos del enciclopedismo, también está lejos del virtuosismo sabihondo y de la pretensión culturosa: no puede frenar, por suerte, su curiosidad multidireccional –“me dedico a la absorción vertiginosa de todo lo que llega a mis manos”– y se cuida de que esas direcciones no se vean forzadas a una confluencia racionalista: se pregunta “si acaso es preciso insistir en las conexiones, en la coherencia en encadenar el hilo de una trama abierta y renuente a ser trabajada” y nos propone “amigarse con el mundo de variaciones, sombras y continuidades”

Porque, gracias a Dios, “cuando el mundo es híbrido, cuando todo lo que hay a la vista son relaciones múltiples que se resignifican, que mutan, que se retuercen sobre sí mismas o se encadenan sufijamente con otras tantas, entonces todo adiós es el anuncio de un posible encuentro”.

 

Bibi Anguio